BUJARAIZA: EL PARAISO BAJO LAS AGUAS

 

El padre de Jacinto, con muchos años, postrado en el lecho, mantiene claro como el agua que dejó atrás hace muchos años, sus recuerdos de la Sierra de Segura. “No pasa un día en que no recuerde los años vividos en su sierra”, nos dice Jacinto, un hombrón sereno, con ojos nostálgicos.

Igual ocurre con Santiago de la Rosa, que aprendió el oficio de molinero con su tío y el de herrero, del padre de Francisca, su mujer que es hija de Fernando “El Herrero” de Bujaraiza.

Santiago llegó a Calonge, pueblo de colonización en el municipio de Palma del Río (Córdoba) en el límite de la provincia de Sevilla, el 11 de Enero de 1950. Aquí, además, se hizo taxista y crió con Francisca, sus ocho hijos, que como otros muchos, andan desperdigados por la geografía provincial y nacional.

Hace unos meses, se cumplieron 56 años de aquél éxodo de personas que renunciaron a mucho y han recibido muy poco. Fueron víctimas de un régimen que quería demostrar su capacidad de sacar adelante un país destrozado por la Guerra Civil. Entre los primeros sacrificados, se cuentan 41 vecinos del proyecto del Pantano del Tranco que se inició antes del desastre nacional, sobre 1930, con la construcción de la carretera que lo unía con Villanueva del Arzobispo.

 

Santiago de la Rosa, guarda la cartilla del Instituto Nacional de Colonización, donde se registra la parcela que le adjudicaron que oscilaba entre 7 y 10 fanegas de tierra, en función de si era de riego o de secano, una carreta con dos bueyes que coompartían varios colonos y los aperos agrícolas para realizar las labores del campo. “Las tierras expropiadas para hacer el pueblo de colonización, pertenecían a D. Félix, sin más apellido, pues por ese nombre lo conocía todo el mundo y le apodaban “El Algabeño”,nos explica Santiago, al que hemos interrumpido cuando iniciaba el desayuno que aparta para conversar con nosotros.

“Cada año, nos descontaban el 60% del valor de la cosecha para saldar la deuda adquirida por las tierras, enseres de labranza y la casa que no nos la dieron hasta algunos años después de la llegada”, nos explica el señor De la Rosa.

Mientras tanto, pasaron otro calvario en los barracones  donde los alojaron a la llegada, hacinados, una familia junto a otra, sin intimidad, con la sencilla separación de unas lonas o los tabiques que ellos mismos construyeron. Salieron de una tierra pobre y se convirtieron,  de alguna manera, en apátridas. Perdieron su identidad. En los primeros años, conocieron toda clase de penurias, calamidades y... hambre.

Eladio Romero  es ingeniero y ocupa un importante puesto en la administració, en Sevilla. Es nieto e hijo de colonos salidos de Bujaraiza. Actualmente realiza un estudio sociológico y antropológico de aquellas personas que “en algunos casos no superaron la pérdida de su paisaje, de su forma de vida, de su entorno y acabaron por marchar del pueblo de colonización”,  nos explicaba hace unos días por teléfono, manifestándonos ambos el deseo de conocernos, compartir sentimientos, vivencias y referencias del éxodo que vivieron unas personas sencillas, con un mundo muy localizado y a pesar de todos los pesares, felices en él.

 

 

 

 

 

Acostumbrados a compartir lo poco que tenían en su Bujaraiza natal, con la puerta siempre abierta para recibir al que a ella se acerca, como si de la familia se tratara.

Pepe Serrano, nos cuenta con la satisfacción del deber cumplido reflejada en su rostro, que él ayudó todo lo que pudo, siendo en alguno casos, avalista de más de uno en los bancos y comercios de Palma del Río. “Además, les suministraba lo más necesario. Lo apuntaba en la libreta y, por lo general, tardaba un año en cobrarlo, una vez les liquidaban la cosecha y no siempre alcanzaba “, comenta Pepe con una sonrisa beatífica, ya que él regentaba un modesto colmado que también hacía las funciones de taberna, tal y como ocurrre hoy en día. Ahora lo  regenta María, hija de Pepe y la nuera de esta. María Serrano, actualmente preside la Junta Vecinal de Calonge y es la dinamizadora de la vida local. “Cuentan que llegaban en peores condiciones que los inmigrantes que ahora recibimos”, nos cuenta con ternura y admiración hacia su padre por tanto bien que hizo por los colonos recién llegados.

En la animada conversación, compartiendo una cerveza, nos cuentan que cuando llegaron a esta nueva tierra, hasta tuvieron que aprender a cultivar la tierra e incluso, lo que plantaban. Tuvieron que cultivar lo que siempre cultivaron en otra tierra, con otras humedades, otras temperaturas, otros aperos. Han trasladado parte de sus costumbres, sobre todo, las gastronómicas: continúan haciendo sus matanzas, su morcillas: negra, güeña, blanca, el ajopringue, el ajo de harina con güizcanos, las migas de harina y los chorizos, como siempre hicieron en la Sierra. “Incluso, cuando nos alojaron en los barracones, construimos nuestro horno de barro, como los nuestros y hacíamos el pan, panes de dos kilos, como en Bujaraizanos dice Santiago y añade: “Antes de salir, yo estuve cerniendo harina en el molino de mi tío para traerme diez o doce sacos de 90 kilos y gracias a eso, pasamos un poco menos de hambre en los primeros momentos”.

Nos acercamos al río. El Betis, el río grande, jóven como ellos en Bujaraiza, limpio y transparente, el gran Guadalquivir remansado en la Presa de Peñaflor, es otro, ha perdido sus urgencias de río enriscado y nuevo.  Ahora es tranquilo, caudaloso, ancho, con otro color, por el arrastre de la campiña y las vegas de Jaén y Córdoba. “Al menos, ha sido nuestro cordón umbilical con la tierra que vió nacer a nuestros mayores. Volvemos siempre que podemos”.

 

Más salidas

 

Unos años más tarde, otros vecinos de Bujaraiza, salieron cuando ya no pudieron vivir en unas tierras expropiadas, donde el agua remansada en el Pantano del Tranco empujaba por una parte y la Administración acosaba por otra. Algunos fueron a Cazorla, Villanueva del Arzobispo, Mogón, Cataluña,  Madrid, Levante y Espeluy (Jaén), nudo ferroviario conocido en toda España, donde construyeron otro poblado de colonización, donde fueron a parar los que quedaron. Algunos también fueron a  Céspedes (Córdoba).

Atrás dejaron sus antepasados en el cementerio viejo anegado por las aguas y el nuevo que todavía existe, amenazado por la maleza que se ha detenido sobre algunas tumbas por el cuidado esporádico de los que  vuelven para honrar a sus muertos.

 

 

 

Francisca, la hija de de Fernando “El Herrero de Bujaraiza”, la mujer de Santiago de la Rosa, nos habla de San Miguel, patrón de Bujaraiza y el que dio nombre a la aldea que siempre se llamó San Miguel de Bujaraiza. “En la iglesia de Calonge, hemos instalado una réplica y lo seguimos celebrando, claro, sin la importantísima feria de ganado que teníamos el 29 de Septiembre. Aquí no tenemos la cantidad de ganado que teníamos por todas aquellas sierras”.

 

Yo no quiero aclararle que allí tampoco queda nada de ganado. Lo cambiaron por ciervos, gamos, jabalíes, cabras monteses que han traspasado sus límites, que tienen superpoblación y que se mueren por la sarna y que el Parque Natural más grande de Europa, está muy mal gestionado, que ellos eran mejores conservadores que los que rigen actualmente sus destinos. Pero, esa es otra historia.

Me resisto a desencartarlos. A describir mis sentimientos cada vez que visito la zona. Se me revuelven las tripas. Es como si los miles de visitantes, ajenos a la pequeña historia de la sierra, estuvieran profanando nuestros lugares sagrados.Ya es mucha la profanación con la proliferación de apartahoteles y camping repletos de panzas groseras al sol, tenderetes de ropa tendida, bañadores embarrados, gente gritando sin respeto al entorno, con la basura rebosando por todas partes, bolsas, papeles, latas de cerveza y refrescos que más de un desaprensivo lanza al monte desde el propio coche.... al final, eso es lo único que queda en la sierra, ya que, por lo general, los visitantes, compran todo en las grandes supermercados de su lugar de orígen, donde lo encuentran todo mucho más barato.

 

Más de 30.000 personas conocieron el exodo en España

 

El caso de Bujaraiza, se reprodujo en toda España durante la época de construcción de los pantanos que no finalizó hasta final de los años setenta.

Pieza fundamental fue el Instituto Nacional de Colonización, creado recién acabada la Guerra Civil  y es que la política de infraestructuras hidraúlicas venía de lejos. Con el desastre de 1898, intelectuales y políticos regeneracionistas, la vieron como una de las soluciones para sacar a España de la pobreza. La República volvió la vista a estos proyectos, pero con el conflicto civil, quedó paralizado, cobrando nuevo auge con el régimen del General Franco que realizó una gran infraestructura de pantanos y embalses tendentes a acabar con la pertinaz sequía.

Desde 1940 a 1955, más de treinta mil personas tuvieron que abandonar sus casas, ya que todo estaba subordinado a la construcción de los pantanos, sin posibilidad de elección para las personas. Hasta 1975, se construyeron en España 300 pueblos, sobre todo en Andalucía, Extremadura y Aragón. En la cuenca del Guadalquivir, fueron 81, en la del Guadiana, 54 y 41 en al del Ebro.Hasta 1975, las personas movilizadas superaron las 52.000. Tras el conflicto nacional, mucha de la mano de obra que se utilizó en la construcción de las grandes obras hidraúlicas  de España, había combatido en el bando derrotado. Su trabajo servía para reducir las  penas impuestas por los vencedores en la Guerra Civil. En el caso del Pantano del Tranco,  hubo trabajadores bajo este régimen, pero fueron los menos, ya que el pantano tras la guerra estaba prácticamente terminado. Faltaba por hacer, la central hidroeléctrica que fue inaugurada sobre el año 1960.

 

 

 

 

 

 

Según el profesor  Cristobal Gómez Benito de la UNED, esta política de colonización, fracasó en su intento de reforma social, pues no logró la redistribución de la propiedad de la tierra. Sin embargo, según el profesor Gómez Benito, “... sin estos grandes planes, regiones como Aragón, Extremadura, Castilla y León y en menor medida Andalucía  hoy estarían en mucha peor situación”.

De los 300 núcleos construidos, sólo el 14% presentaba una dinámica de un centro desarrollo y el 56% de los núcleos construidos, eran pueblos fustrados, según el profesor Gómez Benito.

 

El Centro Nacional de Interpretación de la Colonización Agraria en España, ha abierto recientemente en Los Monegros, en Sodeto (Huesca), un centro que recrea lo fue esta aventura considerada como un patrimonio histórico, cultural y social en homenaje a aquellos colonos  hoy ciudadanos asentados en los pueblos artificiales que les impusieron y a los que llegaron causando recelos “ como los inmigrantes de ahora. Estábamos muy mal vistos, ya que llegábamos sin nada, sólo los muchos hijos  que nos acompañaban, pues como decía la propaganda “cuantos más mejor”.

 

Intento con estas líneas, evitar que se pierda la memoria histórica, ya que la mayoría de los protagonistas han muerto. Los hijos y sobre todo, los nietos, con formación, concienciados del modesto aunque traumático hito personal de sus antepasados, quieren que se les recuerde individualmente, dentro del éxodo global que fue el proceso de construcción de los pantanos que se utilizaron como arma política en su momento, pero que hoy, gracias a ellos, la situación hídrica es más sostenible.

 

 

 

 

Antonio Arroyo Serrano

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En los primeros días de Enero de 1950, salieron de Bujaraiza los primeros expropiados por la construcción del Pantano del Tranco. Llegaron a El Calonge, donde posteriormente construyeron un poblado para albergar a los colonos de nuestra  Sierra de Segura.

Posteriormente, hubo otras muchas expropiaciones en España y hasta el año 1975,  más de cincuenta y dos mil personas fueron movilizadas, desplazadas de sus lugares de orígen para ocupar los 300 pueblos que se construyeron, de ellos, 81 en la cuenca del Gudalquivir.

Los habitantes de Bujaraiza, su paraiso quedó bajo las aguas, permaneciendo durante muchos años en pié, sólo la espadaña de la Iglesia, fiel vigía de una tierra  profanda.