LOS TESOROS DEL ALMA

 

En mi infancia, me contaba mi padre que en el castillo de Bujaraiza, se refugiaban, en momentos de peligro, todos los moros de aquellos montes del Valle del Guadalquivir. Se trataba de los habitantes musulmanes que cultivaban las alquerías de las Animas, el Carrascal, Cabeza de la Viña, las Espumaredas, los Centenares, las Canalejas,  la Cabañuela, el Aguadero, la Hoya de Miguel Barba y otras muchas que había por la zona, así como los de la propia aldea de Bujaraiza. Contaba que a él se lo habían contado sus abuelos y a estos los suyos y a los suyos, sus antecesores hasta perderse en  la noche de los tiempos. Podría tratarse de las cruentas  batallas que se libraron en los Llanos de San Román y Bujaraiza, estando los moros acaudillados por Abul Asvar, primogénito de Yusuf, en torno al año 1240, dentro de la campaña de conquista por la Orden de Santiago, capitaneada por Rodrígo Iñiguez, del esplendoroso núcleo de Hins Furnus, el  actual Hornos de Segura.

Sin duda, la tradición oral llegó hasta nuestros días sin los datos históricos que concederían el rigor. La mayoría de los habitantes de estas apartadas tierras, carecerían de instrucción como ha sucedido prácticamente hasta nuestros días .

En esos relatos, como ocurre en muchos otros lugares, se hablaba de los ricos tesoros escondidos por los moros tras su expulsión. A fuerza de ser racinales y arriesgándonos a suprimir todo el romanticismo que encerraban aquellos relatos que disparaban mi imaginación infantil, los tesoros que dejaron aquellos pobladores, más bien serían los recuerdos del corazón, las añoranzas de los amaneceres, el avance del sol por el este, por la cumbre de Pontones, a la altura de Bujarcaiz, el valle del Guadalquivir, las llanuras de San Miguel de Bujaraiza, un vergel de árboles, pastos, huertas... los montes repletos de ovejas, cabras, vacas... una sierra viva... un bosque animado, parafraseando cierta película... el paraiso del agua... Era una economía aislada, de subsistencia, donde se recogía de todo para alimentar a la familia, por lo general, muy numerosa.  Sinceramente, creemos que pocos tesoros podían acumular como para dejar tesoros escondidos en cuevas con agua, barca para atravesarlo y toros bravos que custodian el cofre que se encuentran  al final de la misma.

Finalizada la conquista de la sierra, la dehesa de San Miguel de Bujaraiza, fue donada a don Gonzalo de la Peña.

Unos cientos de años después, los tataranietos de los tataranietos de los tataranietos, se vieron de nuevo obligados a abandonar su valle, sus casas, sus ascentros, sus costumbres, sus tierras... En esta ocasión, la “guerra” no fue de armas. Fue una expropiación forzosa porque las aguas del pantano del Tranco anegaron fincas, casas y vidas. Para dar calidad de vida a una gran mayoría en las provincias de Córdoba y Sevilla, para que el río Guadalquivir tenga regulado su caudal, unos pocos habitantes de la Sierra de Segura fueron expropiados. Lo dieron todo y recibieron  a cambio casi nada.

Los jóvenes pronto se adaptaron y como  todo el país, mejoraron y sus economías progresaron. Los mayores, poco a poco fueron muriendo con la añoranza en la mirada.  Los tesoros del alma los tienen, como aquellos moros que hace cientos de años salieron del Valle del Guadalquivir,  escondidos en su corazón.  

 

Antonio Arroyo Serrano